Udiversidad:

TEMPVS

Por Román Castañeda S.

Confieso haber descubierto no hace mucho que solo soy capaz de elucidar mi edad en retrospectiva. Y ojalá, por mi autoestima, eso nos pase a todos. ¡Ojalá! No es que tenga miedo, o tal vez sí, pero me echo el cuento a mí mismo de que mis expectativas han crecido tanto que mi futuro, incluso el inmediato, se ha vuelto completamente incierto.

Eso no me pasaba antes. Cuando tenía diez años sabía lo que sería a los quince y cuando llegué a los quince vivía en imaginario mis veinticinco... Muchos años después comprendería que había descubierto por mí mismo la planeación por escenarios y por estrategias. Lástima que el Sindicato Antioqueño no me descubrió entonces. A decir verdad, que bueno que no ocurrió, porque lo que fui cuando tuve quince años no se parecía a lo que había planeado a los diez, y la diferencia se acentuó a los veinticinco. Aunque esos fracasos ejecutivos no me animaron entonces, irónicamente me alegran hoy en día. Y espero que eso nos suceda a todos: que no seamos capaces de planear la edad aún no cumplida aunque esté cercana.

Sé que escudriñar la naturaleza del tiempo es echarse a cuestas un serio problema. Así lo pregonan los saberes que me he esforzado en aprender. Sin embargo, lo es más experimentar la edad, el sentimiento de que algo vital pero innombrable se nos escapa sin remedio, fluyendo sin retorno fuera de nosotros. Y aunque ese flujo no es inquietante temprano en la mañana ¿quién no ha intentado detenerlo a medida que el crepúsculo se acerca, aún con el conocimiento pleno de que semejante empresa es imposible? Probablemente tal sino sea parte de la sustancia del destino cósmico de los humanos.

No obstante, hay un peldaño en el que nuestra conciencia tropieza casi de manera inevitable, tal vez abrumada por el peso social del tiempo, por las perversas connotaciones que lo ligan a los valores mas preciados de juventud, belleza, plasticidad, inteligencia, lucidez,..., y nos deja caer en una fantasía engañosa, que nos impide apreciar la verdad sorprendente de que, aunque quisiéramos, no podemos asegurar qué edad tenemos. No porque no tengamos edad sino porque las tenemos todas. Porque el tiempo es diverso. Porque nuestra evolución es equivoca.

Lo que más nos acongoja es la certeza del envejecimiento del cuerpo, con cuya verificación suele asustarnos el espejo del baño cada mañana: la aparición de otra cana, la acentuación de una arruga, la flacidez de los músculos,... Menos nos inquietan, por no decir que nada, las demás edades, que son las que en definitiva terminan delineando los rasgos de nuestra esencia, en el universo de edades múltiples que nos corresponde.

Cuando examino mi edad histórica, me siento sumergido de cabeza en un siglo XVI donde no se usan las pelucas empolvadas ni los vestidos de brocado, ni hay duelos con espadas, ni transporte en carroza. Pero sí donde se espera que me defina entre señor de un feudo (llámese casa, oficina, laboratorio, pareja, círculo de amigos, familia, ideología, religión, conocimientos o cualquier ámbito susceptible de noción territorial) o siervo en él. La decisión es cosa de supervivencia. Los señores feudales conspiran en las cortes, buscan ampliar sus terrenos a costa de cualquiera y son déspotas con sus siervos, quienes a la vez son taimados y serviles con sus amos. Todos ellos, salvo algunos misericordiosos, tienen la concupiscencia de la traición y la trampa.

A muy pocos he hallado ocupados en el intento de alcanzar siquiera el humanismo del siglo XVIII. Son considerados sabios y lo son. Siempre que encuentro alguno en cualquier recodo de la vida, trato de sorber de él lo más posible antes de que desaparezca en la bruma de la historia. En cuanto a la burguesía culta, proclive al libre pensamiento y a la vida sin sentimientos de culpa, me luce apenas como una fantasía literaria.

No he podido resolver completamente el acertijo de atravesar ese siglo XVI sin ser herido por alguna flecha, o ser raptado por algún invasor o recluido en una abadía perdida, o peor aun, sin contagiarme de alguna de las mil y una pestes oscurantistas que pululan por los territorios. Tengo terror de crecer históricamente, mi edad a duras penas alcanza la adolescencia.

Si miro mi edad emocional me siento más conmigo. Está algo atrás de la edad de mi cuerpo, pero diría que la sigue sin perderla mucho de vista. No fue siempre así. Crecí nutrido a medias con el amor rudimentario de una familia de tierra árida, que sentía como un engaño todos aquellos aderezos ajenos a su frugal dieta. Cuando a los veintiún años me llegó por suerte la hora de aprehenderlos y disfrutarlos, encarnada en la mujer que nunca he abandonado desde entonces, era un desmirriado y asustadizo mocoso incapaz de sobrevivir al sobresalto del roce con una piel femenina.

A partir de entonces, fui alimentado con esmero y ejercitado con refinamiento en diferentes terrenos emocionales. Descubrí talentos y aprendí destrezas no siempre sin dolor. Me encontré la ternura agazapada en una esquina de mi alma y me esforcé por convencerla de salir a la luz del sol. ¡Es magnifica!. Pero también estuve a punto de morir de una intoxicación con mis propios jugos emocionales el día que pensé que eran el elixir de la eterna felicidad, y no me importó que su ebriedad me llevara indefenso al laberinto de mi propia oscuridad. Tardé años en salir de allí, cuidándome de que la amargura del sufrimiento no me envenenara el alma ni me lacerara el cuerpo. Lo logré siguiendo el hilo de plata de la Ariadna que la vida me ha regalado.

Hoy estoy convencido de que en lo emocional disfruto de una adultez floreciente, a pesar de mi acento de extranjero y de mis asombros de inexperto en ciertos aspectos que, como la seducción, no son necesarios para la vida pero sí para la existencia.

No ocurre lo mismo con mi edad espiritual, que no es mucho mayor que mi edad histórica. Los significados de la presencia y de la trascendencia me han inquietado desde temprano. Quise resolver sus dilemas con lo mejor del catolicismo que tenía a la mano y lo logré mientras mi espíritu mantenía dimensiones pueriles de corto alcance.

Pero mi vida creció en complejidad y ya no pude explicar mi presencia ni satisfacer mis anhelos de trascendencia con los frágiles recursos de antaño. Busque otras fuentes, perseguí los espejismos de desierto de doctrinas orientalistas, que poco entendían de la carga milenaria de sus espíritus tutelares. Derrotado por la escasez, decidí esperar la revelación de esos secretos cósmicos, con la esperanza de recibirla antes del día de mi partida de este planeta azul.

Mi mayor edad, mayor aún que la de mi cuerpo, aunque no mucho, es la de mi intelecto. Ha florecido y madura con dignidad. No posee la erudición de un enciclopedista, pero sí la gracia y el tono de un comediante y la curiosidad de un niño. Aprendí la destreza de la lógica y de la retórica, a contar de más maneras que las del común, a vislumbrar realidades a través de los cristales de símbolos matemáticos de iniciado, a leer y también a escribir. Y me valgo de todo ello para acomodarme en el mundo y para suplir las falencias de los infantes y adolescentes que soy en otros aspectos de mi vida. Como dijo alguna vez el poeta, en lo referente a lo intelectual debo confesar que he vivido.

Pero, no son sólo las edades que tengo las que en sí mismas me inquietan, sino el esfuerzo, cada vez más notorio, que debo imponerme para sincronizarlas con las de mi entorno. El inicio de mi conciencia del tiempo fue posterior a mi primera infancia. Tal vez sea esa la época de la vida en la que todos estamos más cerca de la eternidad sin peso, porque el tiempo aún no nos toma de la mano y los días se alargan y los meses parecen siglos.

Es esa la primera apariencia que le noté al tiempo: la de un caldo viscoso y lento en el que apenas me podía mover. Más adelante se fue aligerando y fluyó con libertad, permitiéndome movimientos más gráciles que me hicieron sentir dueño de la situación, incluso de él mismo: lo atesoraba para gastármelo a mis anchas y sin sentimientos de culpa en mis mundos fantasiosos, lo prestaba a algún amigo necesitado para saldar deudas cósmicas, lo regalaba con generosidad como prueba infalible de amor; incluso tuve talento y talante para aumentarlo en mis haberes, haciéndolo producir más tiempo al fecundarlo con la gimnasia infalible del intelecto y el alimento eficaz del deseo.

Sin embargo, al acercarme al medio siglo de conciencia, he comenzado a sentir que su naturaleza comienza a hacerse acuosa y que me gotea entre las manos cuando intento asirlo como tantas veces lo he hecho.

Llegará el día en que se me escape y lo vea dejarme varado y sin edad en uno de los nichos de la pesada eternidad que antecede al fin, desde donde seré testigo del torrente ajeno de los años que una vez fueron míos, mientras añoro la redención de la muerte.


Edición Diez - Octubre de 2004