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Debates

Una mirada desde el arte a la situación de la U. N

 "Estamos Tocando Demasiado": caricatura de 1911

  La Universidad Nacional de Palacios y Fayad




   UNA ORQUESTA QUE DESENTONA

Federico Demmer Colmenares
Profesor Asociado, Conservatorio de Música Universidad Nacional

 

Quien tiene la fortuna y la oportunidad de asistir a un concierto sinfónico, invariablemente queda maravillado por el hecho casi inexplicable de que 90 o más personas, cada una haciendo algo distinto y aparentemente contradictorio con los demás, logren un resultado de conjunto tan maravilloso y armonioso.

Muchos, tratando de dar una explicación, elogian la armonía entre los miembros de esta sui generis sociedad artística. Otros le adjudican la responsabilidad de dicha armonía al director que comanda las huestes orquestales con maestría.

Pero la verdadera explicación escapa a la mayoría. En general las orquestas están conformadas por una gran diversidad de mujeres y hombres, de distintos países, con diversos orígenes étnicos, sociales y regionales, con muy variadas opiniones políticas, religiosas y culturales, con distintas visiones del mundo, intereses personales e incluso con divergentes concepciones musicales. Y sin embargo la orquesta suena armoniosamente.

En primer lugar porque está la música. El amor, o por lo menos el respeto por la música, lleva a la mayoría de ellos a dar lo mejor de sí en función de un objetivo común frente al que todas las diferencia se hacen pequeñas: el objetivo de realizar de la mejor manera posible una partitura musical escrita por un maestro que, en la mayoría de los casos, también plasmó lo mejor de sí en ella. La partitura lleva impresas las más grandes calidades de que es capaz el ser humano como creador y al músico le corresponde traducirlas para hacerlas accesibles a los demás mortales. En segundo lugar, pero no por debajo, está el compromiso con la orquesta, institución que hace posible este acto de comunión del creador con el público.

Nuestra Universidad Nacional es una institución tan hermosa, tan valiosa y con un equilibrio tan frágil como lo es una orquesta. Hoy está sumida en la más grave crisis de su historia reciente. Como en la orquesta, la universidad está compuesta de una comunidad diversa, rica y con un profundo compromiso con la institución y el proyecto de nación que ella representa. Pero las actuales directivas (e) le han dado a tocar a nuestra orquesta un esperpento de partitura titulada "Estamos Tocando Demasiado", partitura que no motiva a nadie, que amenaza acabar con la institución y ha sido elaborada por personajes que se creen Beethoven sin tener los méritos académicos para ello. Una partitura que demuestra un desconocimiento craso de la academia, que choca con la sensibilidad de la comunidad académica que debe interpretarla y el compromiso que tenemos con la institución y el país. Es tan mala que la única forma que encuentran sus autores para que la orquesta la toque es por medio de la fuerza y el maltrato. Periodistas a sueldo en los medios de comunicación propios y ajenos ayudan en este despropósito ensalzándola. Para completar el desastre, el compositor en jefe ha salido corriendo y ha dejado unos encargados como directores de semejante barahúnda.

Y entonces los resultados son desastrosos: las cuerdas que debían tejer lazos entre la comunidad, desafinan y se rasgan. Las campanas de trompetas y trombones se bloquean por el torpe manejo que de estos instrumentos hacen los autoproclamados compositores. Las flautas emiten chillidos ensordecedores que rompen los vidrios. Bombos, platillos y timbales completan la cacofonía general. En cierto momento, la partitura exige que burros, caballos, vacas y perros se unan a los humanos para entonar juntos una "Oda a la Medicina". Toda la orquesta desentona.

Al comienzo, el público -azuzado por los malogrados compositores/directores y embelesado con las vistosas alamedas que se le proyectan en el telón de fondo- le achaca la responsabilidad a los músicos de la orquesta. Pero a medida que avanza el concierto, ante las vehementes protestas de los músicos y la constatación de que está frente a la mejor orquesta del país y una de las mejores de Latinoamérica, este público expectante se va dando cuenta que el mal no está en la orquesta sino en la partitura misma y en quienes la dirigen. Ante tal "desconcierto", los músicos comienzan a salirse del libreto y a interpretar música que no está en la partitura, a manifestar su rechazo improvisando y proponiendo. Al fin y al cabo ellos son los que saben manejar los instrumentos. La orquesta lleva mucho tiempo tocando en conjunto, sus integrantes se entienden y de la música que proponen van resultando hermosas armonías. El sonido de cada uno de los instrumentos se junta con el de los demás en un  bello paisaje sonoro.

En contravía de lo que propone la orquesta, los encargados, a quienes ahora se ha sumado la ministra, gesticulan a diez manos para un lado y para otro, tratando de encajar todo dentro de su partitura sin lograrlo. Es evidente que los autoproclamados directores están sordos y como dan la espalda al público, tampoco ven la inquietud de este. A diferencia del genio de Bonn, quien siendo sordo componía y dirigía sus propias obras, a estos no les cabe ni la orquesta, ni la música en la cabeza. En un afán de última hora pues ya se les acaba el concierto, comienzan a recortar pedazos, a pegar trozos aquí y allá, a remendar y coser, manifestando públicamente que "todo está permitido". Pero la partitura no tiene remedio, no sirve y no puede ser compuesta. Lo que desentona no es la orquesta: son quienes la dirigen y su colcha de retazos.

Le corresponde entonces a la orquesta tomar la dirección en sus manos y plasmar en su propia partitura lo que mejor sabe hacer: construir universidad, construir un proyecto de nación. Que los otros sigan gesticulando sumidos en su sordera. La música va por otro lado y la hacemos nosotros.