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Pensar y reír

 

DE HUESITOS, CARNITA Y DEMÁS DIMINUTIVOS DEL PRESIDENTE

Por GONZALO MEDINA PÉREZ

 

Tomado del periódico de la Universidad de Antioquia, "Alma Mater".
Facultad de Comunicaciones. Afiliado a la Asociación de Profesores

 

Junto a su sombrero de bobo de pueblo, su poncho calentano o su ruana andina (según el clima político que le toque enfrentar), el presidente Álvaro Uribe Vélez encuentra en los diminutivos una de sus más fieles compañías -más fiel quizás que la presencia celosa de su esposa Lina o de Ricardo Galán, el maestro de ceremonia de las puestas en escena- que día y nochemente está realizando el mandatario antioqueño.

Porque este político comunicador -¿o comunicador político?- sabe que el lenguaje sirve, entre otras cosas, para aminorar los grandes problemas con soluciones mínimas -o nulas-, y así agrandar su imagen de gobernante. Por eso se explica su recurrencia exagerada (o fastidiosa más bien) a los diminutivos, a esa expresión que lleva a una autora española, Lola Díaz (El réquiem), a preguntarse si «los viejos somos tan diminutos, tan insignificantes, que necesitamos ser tratados con sufijos idiotas».

Y la afirmación de doña Lola es pertinente, si tenemos en cuenta que el uso del diminutivo está asociado, en unos casos, con actitudes de acomplejamiento por parte de quienes reciben el mensaje o de soberbia disfrazada de humildad, hablando de aquellos que lo utilizan en sus relaciones políticas.

En la cultura antioqueña, por ejemplo, es frecuente que cuando en una casa tienen visita, la señora se quiebra el lomo y multiplica su capacidad de aguante haciendo aseo hasta quedar de cama. Y cuando llegan los invitados y le admiran la limpieza de su tacita de plata, ella cierra los ojos con timidez y, amenazando con una sonrisa, dice con voz casi imperceptible: ¡No, qué va, hasta me da pena que hayan encontrado la casita vuelta un chiquero!

Y si nos hemos comprado una buena pinta, con zapatos, pantalón y camisa incorporados, y caminando todos creídos por cualquier calle de la ciudad, nos encontramos con un amigo que nos mira sorprendido y nos felicita por el buen gusto, de inmediato respondemos casi gagueando:
¡Oigan a éste¡ No ves que esta ropita la compré de segunda en un chucito que queda ahí por Guayaquil.

Esa relación estrecha entre el diminutivo y el complejo se expresa de muchas maneras, a juicio de la escritora española María Victoria Llamas.
En su artículo Un grano de arroz, señala que a veces nuestra propia auto-representación es tan precaria, que hasta se manifiesta en situaciones cotidianas: «¿Quién anda ahí? No es nadie, soy yo».

Ahora tenemos un presidente que representa la otra cara de la moneda, la de quien oculta su arrogancia tras los diminutivos adobados con su remarcado acento paisa. Por eso, en sus encuentros comunitarios, cuando quiere comprometer públicamente a un funcionario, le suelta preguntas-órdenes de este calibre: Bueno Gobernador, ¿Entonces cuándo vamos a conseguir esos pesitos para resolver ese déficit de 15 mil millones que tienen los hospitales del Departamento? Ese diminutivo cae como un edificio de cien pisos sobre la humanidad del azorado burócrata, a quien no se le ocurre otro recurso distinto que invocar mentalmente al
Chapulín Colorado para que lo salve de semejante entuerto. Es el discurso de la imposición, escondido en la aparente sencillez que sugiere el diminutivo.

Pero también los diminutivos del presidente Uribe tienen la fuerza de la dinamita que se camufla tras los anuncios de medidas impopulares; son las noticias que tratan de entrar con vaselina en el ya de por sí saqueado bolsillo de trabajadores, desempleados, subempleados, pensionados y jubilados. Y nada mejor, para reducir el impacto de las grandes decisiones presentadas, que palabras achiquitadas con el ritmo paciente e ingeniosamente ingenuo del Jefe del Estado: Pues ese impuestico del IVA vamos a tener que aplicárselo a la comidita, a ver si recuperamos platica para mejorar la seguridad. Uribe Vélez hace honor a la cultura antioqueña: esa personalizada en el negociante paisa que recurre al diminutivo para convencer a quien mentalmente llama «marrano» -o cliente- de que va a pagar menos de lo que le está pidiendo:
Tranquilo, este vestido no le va a valer ni 300 ni 400 mil pesitos, ni siquiera 280 mil... solo le voy a cobrar, atérrese, los mismos 279 mil pesitos.

Si expresiones como éstas las escuchara la profesora Concepción Company, de la Universidad Autónoma de México, se reafirmaría en su apreciación de que el diminutivo se enraíza en nuestra lengua hacia el siglo XVIII, como un amortiguador de los aspectos negativos de nuestra cultura. A lo cultural, y pensando en la experiencia colombiana, agregaríamos que el
político es otro mecanismo que trata de ser neutralizado con el uso del diminutivo, sobre todo cuando se refiere a medidas comprometedoras.

Esta autora encontró en México un documento que data de 1716, en el cual un sacerdote le decía a la monja cuando ella se acercaba a confesarse:
«¿Te lastima el túnico tus pechitos? Porque ustedes son delicaditas de esas partes, y por eso los traen apretaditos. ¡Pobrecita m'hija!». Al respecto, la profesora Company dice que «yo veo este texto y afirmo: esto sólo pudo haberlo dicho un mexicano» (En busca de la identidad cultural de la lengua). Tal planteamiento alude a que el uso y abuso de diminutivos es característico de los mexicanos, quienes en tres líneas utilizan cuatro y hasta cinco de esas expresiones. Claro que si esta investigadora escuchara las intervenciones del presidente Uribe, se tranquilizaría bastante al saber que el hábito de sus compatriotas del común, fue superado con creces por todo un mandatario.

Esa ingenuidad, ese candor, esa sencillez, esa humildad de que hace gala el presidente Uribe, vistos de cara a su verdadera condición de gobernante y de exponente de una cultura marrullera como lo es la antioqueña, podrían sintetizarse en una sentencia propia de la Filología: «Dime cómo hablas y te diré quién eres».