Editorial:

Las Sedes y el carácter Nacional de la Universidad

 

Si se acude a la historia de la Universidad Nacional de Colombia, no existe duda alguna sobre su íntima relación con el proceso de construcción de nuestro Estado Nacional. En la etapa colonial hispánica existieron en América, y Colombia no fué la excepción, universidades que replicaron en nuestro suelo la tradición de los claustros peninsulares, muy ligados a las comunidades religiosas.
Con el advenimiento de los procesos de independencia que siguieron muy de cerca las divisiones coloniales existentes, en donde se asentaban núcleos poblacionales heterogéneos, empezó a sentirse la necesidad de centros superiores de estudio y formación que respondieran a las exigencias de unas naciones en proceso de construcción.
Ese proceso vió su primera luz en la iniciativa de Santander, en 1926, de crear las Universidades Centrales de Bogotá, Caracas y Quito; reconocido entre nosotros, como el momento fundacional de la Universidad Nacional de Colombia. En este sentido, no es históricamente posible, salvo en el caso de las universidades privadas que reivindican antecedentes coloniales, que de las Universidades estatales haya alguna que se anteponga cronológicamente a la Universidad Nacional de Colombia.
Ese carácter de la Universidad Nacional de Colombia fue reiterado por el radicalismo liberal en 1867 y con mucha más fuerza en la época de la Revolución en marcha, pues López Pumarejo la estima como parte misma del ser nacional, tal y como la entendió también, Gerardo Molina y como, con algunas pausas desafortunadas, se ha podido conservar hasta hoy.
Fue precisamente ese Rector Magnífico, Gerardo Molina, quien hizo posible que las sedes de Manizales y Palmira fueran la expresión regional de la Universidad Nacional a mediados del siglo anterior, sumándose a la manifestación antioqueña que mucho antes se había hecho realidad gracias a la incorporación a la Universidad Nacional de la Facultad Nacional de Minas de Medellín. No se trataba simplemente de una expansión territorial de la Universidad, sino de hacer vivir en las regiones y desde ellas, el sentido de la nación, para contribuir al estudio de su problemática.
La sede histórica de Bogotá fue el núcleo principal y hegemónico hasta las decádas del sesenta y el setenta, debido al desarrollo incipiente de las restantes sedes, llamadas en ese tiempo seccionales, significando así de paso, el grado de dependencia que tenían respecto de las esferas centrales capitalinas. Progresivamente, la Universidad Nacional fue reconociendo en esa dimensión regional un factor central para el cumplimiento de su misión. Fue de esa manera como surgió en los años setenta la iniciativa del programa Oram, que buscaba impulsar la acción de la Universidad en la Orinoquía y la Amazonía, y el establecimiento de la estación de Biología tropical en Villavicencio.
Más adelante, cuando ya las Universidades estatales regionales avanzaron, la Universidad se unió en forma fraterna a ellas y extendió sus programas académicos a casi la totalidad del territorio nacional, como lo demuestran las numerosas experiencias en programas de pregrado y postgrado en la costa norte, en el sur-occidente, en la región central y en las provincias orientales.
Y definitivamente, es preciso reconocer la visión de presencia nacional que inspiró la gestión rectoral del profesor Guillermo Páramo, que ha permitido en los años recientes el desarrollo de las sedes de Arauca, Leticia y San Andrés. La vida de la Universidad que siempre ha sido la expresión de un proyecto colectivo que acumula los valores positivos de las diferentes administraciones rectorales, convirtió ese abigarrado panorama en un reconocimiento explícito de la dimensión territorial como un elemento esencial de su carácter nacional, dando por concluido el papel centralizador de Bogotá y colocando en pie de igualdad a todas sus sedes, como se materializó en la formulación y ejecución del Plan Global de Desarrollo 1999-2003, que asumió así un compromiso social y académico con la Nación colombiana, como lo expresa su denominación.
Nadie puede, pues, desconocer el importante desarrollo cualitativo y cuantitativo de las sedes que surgieron a mediados del siglo XX, pues la realidad de Medellín, Manizales y Palmira así lo demuestran si se aprecian los datos de crecimiento de sus programas de formación de pregrado, postgrado, de investigación y de extensión. Y lo mismo puede decirse sobre el desarrollo vertiginoso de las llamadas sedes nuevas en Arauca, San Andrés y Leticia que, con dificultades de todo orden, han logrado llevar a las comunidades de esas áreas programas académicos con la calidad y la pertinencia que siempre ha defendido la Universidad Nacional.
Las tendencias más recientes, aunque no de manera coherente, parecen querer desdibujar esos escenarios regionales que ya forman parte de lo que acumulativamente ha ido construyendo la Universidad Nacional, aduciendo razones presupuestales, administrativas, logísticas, etc., cuando no la idea peregrina de que la Universidad Nacional es únicamente la que se despliega en la sede de Bogotá. Sacrificaría así la Universidad una dimensión de su existencia que le produciría una herida de muerte, como lo desean muchos, aunque no lo confiesen. Ahora que empieza a debatirse, sin esquemas muy claros, la adopción de un nuevo Plan Global de Desarrollo, la comunidad académica necesita no solo información sobre las políticas que se quieren avanzar sino escenarios reales de expresión, que recojan lo que ya se advirtió en los Claustros y Colegiaturas reunidos hace unos meses.

Sexta Edición - Mayo de 2004