Desigualdad social y SIDA: el contexto neoliberal de la epidemia (*)

Bernardo Useche
Ph.D. University of Texas, Houston. School of Public Health

Amalia Cabezas
Ph.D. University of California, Riverside. Department of Women’s Studies

Las cifras mas recientes de la Organización Mundial de la Salud y las Naciones Unidas presentan la magnitud de la tragedia: aproximadamente 40 millones de personas viven actualmente con el Virus de Inmunodeficiencia Humana o padecen las enfermedades asociadas con el síndrome. Únicamente en el año 2003, cinco millones de personas engrosaron la lista de quienes han resultado positivos para la prueba del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y cerca de tres millones murieron como consecuencia de complicaciones asociadas con el SIDA (OMS; ONUSIDA, 2003a). Ante la gravedad de la situación, la OMS y ONUSIDA han lanzado un plan con el objetivo de ofrecer en el termino de dos años, tratamiento con medicamentos antiretrovirales a tres millones de pacientes con SIDA, la mitad de los enfermos que se calcula necesitarían este tipo de tratamiento. La estrategia de la OMS integra planes propuestos recientemente por el Banco Mundial y el gobierno de Washington (OMS; ONUSIDA, 2003b).

A primera vista, esta estrategia global aparece como un gesto humanitario y una decisiva intervención de los organismos internacionales de salud y de la Casa Blanca orientada a controlar la epidemia y como una iniciativa que permite unificar incluso los esfuerzos de organizaciones como Médicos Sin Fronteras y grupos de investigadores, trabajadores de la salud y activistas que reclaman con justeza el que además de insistir en la prevención deben atenderse urgentemente las necesidades de tratamiento de los millones de pacientes con enfermedades asociadas con el SIDA (Mukherjee et al, 2003). Sin embargo, para un cabal entendimiento de la verdadera dimensión de la pandemia y del real alcance que pueden tener los planes de la OMS, el Banco Mundial y la administración Bush, es imprescindible considerar el contexto socioeconómico mundial en que se ha gestado la epidemia del SIDA durante las ultimas dos décadas y ubicar en ese contexto el debate en torno a la nuevas terapias antiretrovirales, uno de cuyos aspectos principales es el hecho de que hasta ahora han primado los intereses de las multinacionales farmacéuticas sobre los de los pacientes que se supone deben beneficiar con sus medicamentos.

Este artículo tiene entonces el propósito de demostrar que la implementación de las políticas económicas neoliberales ha creado las condiciones para que, no obstante el trabajo de miles de científicos, la inversión de miles de millones de dólares y dos décadas de esfuerzos de innumerables organizaciones trabajando en programas de prevención, no haya sido posible detener ni disminuir el número de infecciones. En ese contexto se examina también la filosofía que orienta la nueva estrategia para el control de la pandemia del SIDA lanzada por la Organización, Mundial de la Salud, el Banco Mundial y el gobierno de Washington y la incidencia que en esa estrategia puedan tener las corporaciones transnacionales que producen y mercadean los medicamentos.


El punto de vista de la Epidemiología Social

Definida inicialmente como: “El estudio del papel de los factores sociales en la etiología de una enfermedad” (Krieger, 2001a), la Epidemiología Social tiene sus raíces en el estudio sobre las condiciones de vida de los trabajadores ingleses que Federico Engels realizara en el siglo XIX (Singer, 1998; Krieger, 2001b). Actualmente, ésta área de estudio en salud pública incluye diferentes teorías que permiten abordar el problema que presenta la comprensión y el manejo de las enfermedades y en particular de las epidemias o pandemias como la del SIDA. Dentro de este enfoque, la prevención, el tratamiento y la atención de una enfermedad no pueden reducirse al dominio de lo estrictamente biomédico o comportamental sino que igualmente se requiere tener en cuenta la forma como las tendencias históricas, políticas y económicas influencian la distribución de la enfermedad en diferentes poblaciones y la manera como las fuerzas y factores sociales terminan por afectar los cuerpos de los individuos y generan patologías (Farmer, 1996).

Para el caso que nos ocupa, como lo plantea Nancy Krieger (2003) “de particular preocupación son las políticas económicas neoliberales, tales como el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica –NAFTA- los cuales han resultado en planes de austeridad económica, degradación ambiental y crecimiento de las desigualdades sociales relativas a la salud a nivel intra e interregional”. Importante también para la epidemiología y la medicina social es el estudio del efecto que producen sobre la población más vulnerable de una sociedad determinada, la organización y cobertura de los servicios de salud y los sistemas de producción y comercialización de medicamentos

Mientras todos los estudios coinciden en revelar que la pandemia se concentra en los países más pobres y entre los sectores mas empobrecidos de los países ricos, a tal punto que se pueden superponer los mapas de pobreza en el mundo con los de prevalencia del VIH/SIDA, son escasos los trabajos que analicen la estrecha relación entre las causas de la realidad socioeconómica de las naciones afectadas y el avance hasta ahora incontenible de la epidemia durante las ultimas dos décadas y con contadas pero muy valiosas excepciones, se limitan a describir la situación sin señalar con claridad la responsabilidad fundamental que le corresponde al modelo de globalización de la economía que se ha impuesto a las naciones en estos tiempos del SIDA.

El epidemiólogo británico Thomas Mckeown (1914-1988) demostró que no se podía atribuir únicamente a las vacunas, los antibióticos y a mejores tratamientos médicos el avance en el control de las enfermedades de una población dado que las condiciones socioeconómicas generales y su efecto sobre la nutrición constituyen factor fundamental de la salud. La tasa de mortalidad por tuberculosis, por ejemplo, venía disminuyendo en Gran Bretaña desde 100 años antes de la introducción de la vacuna (Mckeown, 1979). Actualmente, sin negar la importancia vital de los progresos en biomedicina, los estudios epidemiológicos confirman que las expectativas de salud de una población están directamente asociadas con la calidad de vida. Ésta a su vez se encuentra determinada por la sanidad ambiental, el estado nutricional, la calidad del agua, la vivienda, la educación, las condiciones de trabajo y los factores emocionales y psicológicos que benefician el desarrollo humano a través de todo el ciclo de vida. En síntesis, la salud de la población depende del progreso económico y social de una nación.

La salud en un país u área geográfica no depende sólo del ingreso de sus habitantes, aunque está demostrado que a menor ingreso de las personas, más presencia de enfermedades y menor expectativa de vida, sino también del grado de igualdad existente en una sociedad determinada. Hoy esta comprobado que las expectativas de una mejor salud son mayores en los países que presentan una relativa menor desigualdad en los ingresos y una menor desigualdad social de su población. Por esta razón, se encuentran diferencias en la expectativa de vida y otros indicadores de salud entre los países industrializados. Por ejemplo, Suecia, Suiza y otros países desarrollados presentan mejores índices de salud y una mayor expectativa de vida para sus habitantes que los Estados Unidos, país que no obstante poseer la economía mas poderosa del planeta presenta abismales desigualdades sociales (Hertzman, 2001) y en el cual actualmente 46 millones de ciudadanos se encuentran desprotegidos pues no pueden pagar su afiliación a un seguro de salud.

En la medida en que se hace imposible aislar los problemas de la salud de las desigualdades sociales se hace evidente un dilema ideológico: ¿son los enfermos los culpables de su enfermedad o son producto de la desigualdad social? En este sentido, Daphne Roe (1973) en su estudio sobre la historia social de la pelagra, una enfermedad nutricional que azota principalmente a los campesinos que a duras penas sobreviven limitados a consumir maíz, se encontró con que frente a la epidemia solo eran posibles dos posiciones:

“Llegué a la conclusión de que hay dos tipos de observadores: quienes creen que la pelagra es una enfermedad producida por la sociedad y el resultado de la práctica inhumana de condenar a los pobres a una dieta que no puede mantener saludable a un perro; y quienes piensan que la enfermedad es culpa de los enfermos que la padecen”

La historia social del SIDA ha sido en buena parte la historia de la culpabilización de las victimas, en sus inicios incluso se alcanzo a definir al SIDA como la enfermedad de las 4 Hs: Homosexuales, Haitianos, Hemofílicos y Heroinómanos (Grmek, 1990). Desde el punto de vista ideológico, culpabilizar a las victimas cumple la función de ocultar el papel fundamental del contexto socioeconómico en la generación y propagación de las enfermedades y coloca la responsabilidad de la prevención y el tratamiento exclusivamente en los individuos eludiendo de esta manera la obligación del Estado en el cuidado de salud de la población. En la vida real, la homofobia y otras formas de discriminación actúan como factores, que entrelazados con la pobreza, favorecen el avance de la epidemia e inciden negativamente en la salud de los sectores de la población más vulnerables (Díaz et al, 2001). “La pobreza también crea las condiciones de alienación que hacen posible la cultura del uso de drogas intravenosas” (Weinberg et al, 2001. p275). En el caso concreto de Haití, Paul Farmer (1992) pudo establecer que contrario al estigma ampliamente difundido que culpaba a los haitianos de introducir la epidemia del SIDA en los Estados Unidos, fue el turismo sexual de los norteamericanos hacia este país, el responsable de que en las condiciones de pobreza de los haitianos, el SIDA se hiciera endémico en esta nación.

Congruente con el énfasis en que la transmisión del virus del SIDA es básicamente un problema de los individuos, los esfuerzos de prevención se centraron durante los primeros 20 años de la pandemia en tratar de modificar las conductas y actitudes individuales de riesgo. Este enfoque unilateral del problema que desconoce los determinantes socioeconómicos del SIDA fracasó en la medida en que las personas más vulnerables continúan practicando conductas sexuales consideradas de riesgo y consumiendo e inyectándose drogas; pero triunfó, en cuanto ha impedido debatir a profundidad la responsabilidad del modelo económico neoliberal que se ha implementado globalmente durante este periodo histórico y cuyas consecuencias sociales se constituyen en el contexto que ha facilitado el avance de la epidemia.

 

Neoliberalismo y SIDA

El neoliberalismo no es otra cosa que un conjunto de teorías y políticas económicas desarrolladas por el capital monopolista contemporáneo con el objetivo de consolidar su expansión global y alcanzar el completo control de los mercados mundiales que necesita para sobrevivir. Luego del colapso del imperio soviético y como resultado de la estrategia norteamericana para robustecer y expandir su poder económico, político y militar se han agudizado las contradicciones de Estados Unidos con las demás potencias económicas y con el resto de las naciones y ha emergido un nuevo orden mundial caracterizado por la circunscripción de lo que puede llamarse el Primer Mundo a los Estados Unidos, un Segundo Mundo conformado por Europa y otros países altamente industrializados incluyendo a China, Japón y Rusia, y un pauperizado Tercer Mundo esparcido por toda África, Asia y Latinoamérica.

La distribución de la infección por VIH/SIDA concuerda plenamente con el actual orden socioeconómico mundial, confirmando la tesis de Paul Farmer según la cual, la salud de los pobres del mundo es afectada primariamente por las infecciones y la violencia mientras que los ricos padecen de enfermedades crónicas asociadas con el envejecimiento. No es extraño entonces que en la región del África subsahariana, donde la situación de miseria es dramática, producto de las medidas neoliberales impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a través de sus Programas de Ajuste Estructural, se encuentren las 21 naciones con la prevalencia más alta de SIDA en el mundo.

En el continente africano las hambrunas y el SIDA van de la mano. Steven Lewis, un enviado de la Naciones Unidas lo explica de esta manera: “Todo el mundo entiende ahora que cuando el cuerpo no tiene comida para consumir, el virus consume el cuerpo… Y que lo que está ocurriendo por supuesto es que con sus sistemas inmunológicos debilitados por la falta de comida, el progreso de la enfermedad es mucho más rápido y las personas están muriendo en más corto tiempo.” (NPR, 2003a).

La principal causa de las recientes hambrunas con su inevitable consecuencia de desnutrición y muerte no son las sequías y otros desastres naturales que con frecuencia azotan África sino la eliminación de los subsidios agrícolas, las privatizaciones de los servicios públicos y la completa apertura de la economía que han hecho parte integral de los Programas de Ajuste Estructurales exigidos a las naciones africanas por las agencias internacionales desde 1986. Utilizaremos aquí el caso de Zimbabwe a manera de ilustración:

Según un estudio del Centro para Investigación Política y Económica en Washington, el crecimiento económico real promedio de Zimbabwe durante la década de 1980 fue del 4% anual, la seguridad alimentaria alcanzó cierto nivel de desarrollo y se fortaleció el sector manufacturero que contribuyó a la diversificación de las exportaciones; al mismo tiempo, crecieron los servicios de salud y la expectativa de vida aumento de 56 a 64 años mientras que la mortalidad infantil disminuyó de 100 a 50 por cada 1000 nacimientos. En 1991 Zimbabwe recibió del FMI un préstamo de $484 millones de dólares condicionados a un Ajuste Estructural de su economía cuyas exigencias incluían: la reducción del gasto público, la desregulación del mercado financiero, la eliminación de la protección a las manufacturas, una reforma laboral para liberar el mercado de trabajo, bajar el salario mínimo y eliminar la estabilidad laboral como garantía para disminuir el déficit fiscal. Un año después, la economía de Zimbabwe entró en recesión, el consumo privado per capita cayó un 37% entre 1991 y 1996 y en el mismo periodo los salarios disminuyeron en un 26%, el desempleo aumentó mientras que los precios de los alimentos se dispararon (Naiman y Watkins, 1999).

La receta del Fondo Monetario que exigía al gobierno de Zimbabwe recortar el gasto en un 46% y en particular recortar los salarios de los trabajadores de la salud, tuvo efectos desastrosos sobre la salud pública. La inmensa mayoría de la población quedó sin acceso a servicios de salud ni a medicamentos; la desnutrición y la incidencia de enfermedades como la tuberculosis aumentaron dramáticamente. Fue en estos años que el propio Banco Mundial calculó que el costo de tratamiento de los nuevos casos de SIDA podría ser equivalente a cuatro veces el presupuesto total del gobierno para la salud. Actualmente, la expectativa de vida se ha reducido a 38 años de edad. No es extraño entonces que 2.500 personas mueran de SIDA cada semana y que durante los primeros 3 meses del 2004, entre 5 y 8 millones de personas (alrededor del 70% de la población) necesiten de la ayuda internacional en alimentos para sobrevivir. Aun así, actualmente el Fondo Monetario Internacional ha empezado los trámites para expulsar de su organización a Zimbabwe, por no haber aceptado de manera consistente todas las reformas económicas que se le han “recomendado”.

En las otras naciones africanas, la situación es similar: Zambia por ejemplo, país donde para el año 2001 el SIDA había dejado 600.000 niño(a)s huérfanos, liberalizó su economía incluyendo su agricultura en 1991 bajo las condiciones que le impusiera el Banco Mundial; hoy vive su cuarto año consecutivo de crisis alimentaria con mas de 3 millones de habitantes sin nada que comer, mientras el gobierno intenta regresar a los subsidios y prestamos a los pequeños productores agrícolas para garantizar alimento y detener la importación de comida. Exactamente lo mismo ocurrió con Malawi y Mozambique países que también sufren de inseguridad alimentaria crónica.

En 1991, el gobierno de Malawi tenía depósitos de granos aún en los lugares más remotos del país y podía vender comida barata salvando de la hambruna a gran parte de la población; el Fondo Monetario “recomendó” la venta de “parte” de esas reservas de alimentos para garantizar el pago de la deuda y de paso enriquecer a los comerciantes privados; 10 años después, la comida valía diez veces más y con la eliminación de los subsidios agrícolas los precios del maíz subieron 400% entre octubre de 2001 y marzo de 2002. Los campesinos empezaron a comer el maíz aún verde, recurriendo de nuevo a la dieta responsable por la pelagra y en poco tiempo la hambruna generalizada no se hizo esperar: 7 de los 10 millones de habitantes de Malawi la padecieron en el año 2002. Se calcula que entre 2001 y 2005, morirán de SIDA 125.000 niños menores de 5 años en Malawi. La obligación impuesta por el Fondo Monetario y el Banco Mundial de desproteger por completo el sector agrícola en Zimbabwe, Zambia, Malawi y Mozambique resultó catastrófica.

En el resto del mundo la situación es similar. En Estados Unidos donde también las medidas neoliberales profundizan cada día las desigualdades sociales, las nuevas infecciones con el VIH se concentran entre los africano-americanos y los latinos, grupos cuya población está desproporcionadamente representada tanto en los índices de pobreza como en las estadísticas del HIV/SIDA. En la neoliberalizada Rusia actual se calculan en 3 millones el número de consumidores de drogas intravenosas (uno de los factores importantes de riesgo para el SIDA) y en 1.5 millones las personas infectadas con el VIH.

En China, aunque la prevalencia nacional es muy baja, hay en curso epidemias graves y concentradas en las regiones mas empobrecidas, las mismas donde en noviembre de 2002 se originó la epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Grave, SARS (Berger et al, 2004). En América Latina y el Caribe, "la falta de equidad social y económica constituye un contexto propicio para que la epidemia del SIDA alcance proporciones desastrosas en las próximas décadas" según el concepto de Ricardo García, asesor de la ONU para Colombia (eltiempo.com/salud. Noviembre 25 de 2003). En la región la situación más grave se encuentra en los países mas deprimidos económicamente: Haití y Republica Dominicana y en países como Colombia se predice que para el año 2010, el 1.6% de la población estará infectado con el VIH.


Bush, el Banco Mundial y la lucha contra el SIDA

En los últimos años y una vez no fue posible ocultar el sol con las manos pues la correlación entre pobreza y prevalencia del SIDA se hizo irrefutable (el 95% de los casos se presentan en el pauperizado tercer mundo), el gobierno norteamericano y el Banco Mundial, principales responsables de las reformas neoliberales que han destruido las economías nacionales y hambreado vastos sectores de la población mundial al punto que mil millones de habitantes del planeta viven con menos de un dólar al día, han lanzado una gran campaña mundial para combatir la pandemia.

El presidente Bush anunció en su discurso sobre el “Estado de la Unión” en enero de 2003 un programa de 15 mil millones de dólares para combatir el SIDA con el objetivo de: “Proveer drogas antiretrovirales a 2 millones de personas infectadas con el VIH” en doce países africanos y dos del Caribe: Haití y Guyana”. El Banco Mundial por su parte, empezó a financiar proyectos y a desarrollar una política con respecto a la epidemia desde 1986; en el año 2000 conjuntamente con el FMI decidió integrar sus planes de lucha contra el SIDA a sus programas de “ayuda para el desarrollo” con base en el argumento de que el SIDA incide de manera creciente en la economía de los países pobres al disminuir la productividad y reducir la fuerza de trabajo causando retraso en el crecimiento económico de los países afectados. En ese momento, el Banco ilustró su punto de vista con el caso de Zimbabwe, país cuya pérdida de un punto en su crecimiento económico le fue atribuida a una prevalencia de VIH del 25% entre los adultos.

Finalmente en Diciembre de 2003, la Organización Mundial de la Salud planteó la urgencia de coordinar éstos proyectos con el Fondo Global de las Naciones Unidas contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria establecido en 2001 y lanzó la iniciativa denominada “Tres millones para 2005”. Como su nombre lo indica, la campaña de la OMS se propone brindar tratamiento con medicamentos antiretrovirales a tres millones de pacientes de SIDA en los próximos dos años. Conviene entonces analizar el origen, la filosofía y el contenido económico y político de todas estas cruzadas contra el SIDA para poder evaluar si realmente se traducirán en el justo alivio de las personas y regiones azotadas por la epidemia.

El mundo al revés: el SIDA es la causa de la pobreza

Mamphela Rambphele (2003), Directora General del Banco Mundial expresó categóricamente el 1º de julio de 2003 en la capital de Lesotho: “-“Nuestro sueño es un mundo libre de pobreza”- Pero ahora sabemos que sólo hasta cuando el mundo se encuentre libre del SIDA, esa misión permanecerá siendo únicamente un sueño”. Parodiando el título del discurso de la Doctora Rammphele: “VIH/SIDA: Convertir la adversidad en oportunidad”, se podría decir que las agencias del capital internacional han encontrado en la adversidad de la tragedia del SIDA, la oportunidad para culpar a la epidemia de la pobreza que sus políticas han causado. Y peor aún: pretenden condenar a las naciones empobrecidas a posponer cualquier esperanza de recuperación económica hasta cuando el SIDA desaparezca del planeta.

La frase de la Directora General no es un pronunciamiento aislado. Por el contrario, en los documentos del Banco Mundial ésta es una idea en la que se venía insistiendo: “Todavía no es claro si la pobreza incrementa las probabilidades de infección con el VIH. Sin embargo, hay fuerte evidencia de que el VIH/SIDA causa y empeora la pobreza”.(World Bank, 2003). El SIDA como causa de la pobreza es también la posición defendida por el gobierno de Washington. El Secretario de Salud de los Estados Unidos Tommy Thompson, afirmó recientemente: “Infortunadamente, la pobreza es un síntoma común del SIDA” (HRSA 2003).

No es de extrañar entonces que la Introducción al documento con el cual la Organización Mundial de la Salud promulga su estrategia para “Tratar a tres millones de personas para 2005” deje establecido en el primer párrafo (OMS, 2003b):

“El VIH/SIDA está destruyendo familias y comunidades y minando la vitalidad económica de los países. La reducción del personal docente por el SIDA contribuye al analfabetismo y la falta de habilidades, y la pérdida masiva de funcionarios debilita las principales funciones públicas y pone en peligro la seguridad. La carga que representa el VIH/SIDA, incluido el tributo de vidas entre los profesionales sanitarios, está arrastrando a los sistemas de salud al borde del colapso. En las regiones más afectadas, el impacto de la morbilidad y la mortalidad está destruyendo los logros económicos, sociales y políticos del último medio siglo y aniquilando la esperanza de un futuro mejor.”

Los abanderados del “libre comercio” quieren explicar la ruina de la economía, la perdida de las conquistas políticas, el analfabetismo, la destrucción de los sistemas de salud y en general los problemas sociales, no por sus ajustes estructurales, ni por las privatizaciones y demás reformas por ellos impuestas sino por la acción de un agente biológico, de un virus…**

 

Medicamentos antiretrovirales y el monopolio de sus patentes

Cientos de millones de pobres en el mundo padecen y mueren de enfermedades infecciosas para las cuales casi no existen medicinas baratas y efectivas aunque se cuenta con el conocimiento científico y la tecnología necesarias para desarrollarlas. Igualmente, mientras Norteamérica, Europa y Japón consumen el 82.4% de los medicamentos que se producen en el mundo; Asia y África con 2/3 de la población mundial apenas consumen el 10.6 % de las medicinas disponibles en el mercado. La explicación de esta criminal inequidad reside, como muy bien ha sido documentado por Patrice Trouiller y sus colegas (2001), en que en la economía neoliberal no son las necesidades de salud de la población sino los intereses financieros de la gran industria farmacéutica, los que orientan tanto la investigación para desarrollar nuevos fármacos como la producción y comercialización de las medicinas disponibles.

En un mundo donde no existen pacientes sino clientes y donde el Estado abandona su responsabilidad con la salud publica, las transnacionales de las medicinas no invierten en medicamentos para tratar las enfermedades de los pobres que no tienen con que pagarlas y sus estrategias de producción y ventas van dirigidas al sector del mercado del que pueden obtener las tasas de ganancia mas altas (el negocio de las medicinas vendió en 1999 la suma de 337 mil millones de dólares).

Aunque actualmente no existen medicamentos que curen el SIDA, se han desarrollado drogas anti-HIV que la inmensa mayoría de los científicos y de los miembros de la comunidad médica consideran que tienen la capacidad de retardar la progresión del SIDA y de reducir su mortalidad hasta en un 80% (The Durban Declaration, 2000)?. Las mismas políticas de “libre comercio” que han permitido hacer un fabuloso negocio a las corporaciones productoras de estos fármacos han extremado la miseria de quienes los necesitan. Puede decirse entonces que en el caso de la pandemia del SIDA, el neoliberalismo se ha encargado de exacerbar hasta el límite una de las contradicciones básicas de la economía capitalista al crear un inmenso mercado potencial para las nuevas drogas antiretrovirales (42 millones de personas con VIH/SIDA) cuya casi totalidad no posee ninguna capacidad de comprarlas.

En la actualidad únicamente el 8% de los 6 millones de pacientes con SIDA que requieren medicinas para mejorar sus condiciones de salud, tienen acceso a los medicamentos antiretrovirales, cifra que en países como Sudáfrica se reduce a menos del 1%. Hoy se calcula que en los Estados Unidos, los costos del tratamiento para una persona con VIH/SIDA suman alrededor de $20.000 dólares anuales si se tiene en cuenta el valor de la terapia antiretroviral, las pruebas de laboratorio, las visitas médicas y las medicinas para prevenir o tratar enfermedades oportunistas. Pagar el tratamiento de las alrededor de 180.000 personas que no están cubiertas por seguro médico (una de cada cinco diagnosticadas con VIH) costaría 3.600 millones de dólares al año (Heubeck, 2003).

Para la OMS (2003b) esta situación puede ser ahora superada:

“Los precios de los antirretrovíricos, hasta hace poco inasequibles para los países de bajos ingresos, han descendido mucho. Una movilización política mundial y creciente, encabezada por las personas que viven con el VIH/SIDA, ha informado a comunidades y gobiernos y ha ratificado que el tratamiento es un derecho humano. El Banco Mundial ha canalizado más fondos para la lucha contra el VIH/SIDA. Se han creado nuevas instituciones, como el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria (FMSTM), y ambiciosos programas bilaterales, como la Iniciativa Presidencial en VIH/SIDA de los Estados Unidos de América, lo que refleja un nivel excepcional de voluntad política y recursos sin precedentes para la lucha contra el VIH/SIDA. Hay que aprovechar esta combinación única de oportunidad y voluntad política emprendiendo medidas urgentes.”

Sin embargo, para evaluar si el sufrimiento de las personas afectadas por el SIDA puede ser aliviado y las muertes disminuidas con una campaña de la naturaleza de la que han emprendido la OMS, la ONU y el gobierno de los Estados Unidos para brindar terapia antiretroviral a 3 millones de personas con HIV/SIDA se debe analizar el contexto económico. Desde 1995, las patentes de los medicamentos contra el SIDA dependen básicamente de los Aspectos relacionados con el Mercado de los Derechos de Propiedad Intelectual (TRIPS por sus iniciales en inglés) establecidos por la Organización Mundial del Comercio -OMC- (Velásquez y Boulet, 1999).

En la práctica, estos TRIPS son el instrumento que respaldan las patentes de las empresas transnacionales que producen fármacos y le garantizan a estas compañías el monopolio del mercado y con él, la obtención de exorbitantes tasas de ganancia. Tal como es usual en las estrategias neoliberales orientadas a eliminar la competencia de productos nacionales en beneficio del gran capital, principalmente norteamericano, la OMC permitió inicialmente que durante los primeros años de vigencia de los derechos de propiedad intelectual, los países miembros de la organización pudieran producir medicinas genéricas. Unos pocos países, entre ellos Sur África, India, y Brasil, amparados en esa regulación empezaron a producir versiones genéricas de las drogas para tratar el SIDA y demostraron que compañías estatales o de capital nacional podían reducir substancialmente los precios y obtener ganancias a la vez que atienden las necesidades de salud creadas por la epidemia en sus países.

Pronto el gobierno de Estados Unidos y los representantes de las compañías farmacéuticas empezaron a presionar el que se “respetaran” los monopolios de las patentes. Treinta y nueve de estas empresas demandaron al gobierno de Sur África en el año 2000 (Velásquez, 2003). Las protestas masivas de la población no se hicieron esperar y el rechazo a las transnacionales que comercian con las medicinas mientras millones de pobres en el mundo mueren sin tener acceso a ellas se hizo sentir en el curso de la XIV Conferencia Internacional sobre el SIDA que tuvo lugar en Barcelona en el año 2002. Allí, el Secretario de Salud norteamericano fue confrontado por los activistas. El 30 de agosto de 2003, en una medida preventiva con miras a la reunión de la OMC en Cancún, México, la administración Bush y la gran industria farmacéutica aceptaron que temporalmente los países pobres continuaran comprando medicinas genéricas, aunque por supuesto se incluyó una cláusula que obliga a todos los países miembros a comprar únicamente medicinas patentadas por las transnacionales en un futuro cercano.

Actualmente, Estados Unidos al mismo tiempo que promueve sus intereses comerciales en la OMC continúa negociando tratados regionales como el NEPAD en África o el ALCA en Latinoamérica o acuerdos bilaterales siempre en procura de imponer sus políticas neoliberales y entre ellas, la de hacer respetar las patentes de los monopolios que producen y comercializan medicinas. La iniciativa contra el SIDA del Presidente Bush se lanzó como un plan independiente del ya existente Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria con el evidente propósito de poder controlar de manera directa tanto la filosofía del proyecto como los dineros que el gobierno de Washington va a invertir en la campaña. Si se tratara simplemente de reforzar los programas contra la epidemia hubiera bastado que la Casa Blanca aportara a este fondo creado por la Naciones Unidas como lo esperaba la comunidad internacional pues aunque ha distribuido en 2 años 1.500 millones de dólares para financiar 160 proyectos en 85 países, los dineros con que cuenta el fondo son a todas luces insuficientes.

Para dirigir el programa en África, Bush nombró a Randall Tobias, persona sin experiencia de trabajo en esa región del mundo ni en el manejo de programas relacionados con el SIDA, pero que además de ser un gran contribuyente a los fondos del Partido Republicano, representa los intereses de la gran industria farmacéutica, toda vez que fue Gerente General de Eli Lilly una poderosa empresa productora de medicamentos. En la práctica, el plan Bush va a funcionar a manera de subsidio para el gran capital que invierte en medicamentos contra el SIDA pues el gobierno comprará las drogas que las compañías no pueden venderle a las empobrecidas naciones del África y del Caribe. Como lo expresara poco diplomáticamente el Ministro de Finanzas Surafricano Trevor Manuel, se corre el riego que la mayor parte de los 15 mil millones de dólares anunciados por el Presidente Bush vayan a parar directamente a los cofres de las compañías farmacéuticas norteamericanas (World Bank, 2003). No es extraño entonces que grandes laboratorios, por ejemplo Bristol-Myers Squibb que controla la patente de la droga antiretroviral Stavudine (Zerit®), apoyen la iniciativa y compitan por obtener su porción de los 15 mil millones y que el lobby en el Congreso de los Estados Unidos en apoyo al plan de la Casa Blanca contra el SIDA sea pagado por las gigantescas corporaciones que producen fármacos contra el HIV (Van De Hei, 2003).

Para la administración Bush, su iniciativa contra el SIDA se rige por su política de globalización de los acuerdos de libre comercio que le benefician. Esto la ha dejado claro el Representante Comercial de los Estados Unidos Robert Zoellick al expresar recientemente que no se piensan discutir nuevos modelos de desarrollo económico para los países africanos sino simplemente se trata de encontrar la forma como el desarrollo basado en las leyes del mercado puede darse en regiones muy pobres. En ese contexto, la ayuda para el SIDA seguramente se vera condicionada a que las naciones acepten las medidas económicas del Banco Mundial y el Fondo Monetario. No de otra manera se entiende el “altruismo” de los grandes consorcios que se han sumado a la campaña contra el SIDA y que para no quedarse atrás y después de hacer los respectivos estudios de costo-beneficio han empezado a pagar el tratamiento de sus trabajadores, establecido algunos programas de prevención en la comunidad y creado una Coalición Global contra la epidemia que agrupa ya a 130 empresas transnacionales.

 

Abstinencia sexual y control social

Los planes que se empiezan a poner en marcha para combatir el SIDA, y en particular la iniciativa del gobierno de Washington de llevar medicamentos antiretrovirales a países de África y el Caribe, no se encuentran exentos de un fuerte componente ideológico consistente en promover la abstinencia sexual como fundamento de la prevención de nuevas infecciones con el VIH. El 1º de mayo de 2003, el Congreso de Estados Unidos introdujo a la iniciativa de Bush una norma que obliga a invertir la tercera parte de los millones de dólares destinados a prevenir nuevos casos en la implementación de proyectos que tienen como objetivo único la castidad. Y esta es otra de las paradojas neoliberales: Los mismos abanderados de las políticas económicas que dejan sin empleo y terminan por obligar a millones de personas a prostituirse para sobrevivir son los mismos abanderados de una moral sexual imposible de cumplir para la inmensa mayoría de la población en la vida real pero que ellos proclaman como la manera mas efectiva de combatir la pandemia del SIDA.

Para intentar resolver esta aparente contradicción, es necesario aclarar en primer lugar algunos elementos sobre el papel que juega la vida sexual con respecto a la transmisión del VIH para luego tratar de dilucidar las poderosas razones detrás de promover “abstinencia only” como medio de prevención.

Salvo contadas excepciones como la de Paul Duesberg para quien el SIDA no es transmisible sino un conjunto de enfermedades causadas por la desnutrición, la adicción a las drogas y la toxicidad de los medicamentos que se administran contra el VIH (Duesberg, Koehnlein y Rasnick, 2003), los científicos consideran que las actividades sexuales con una persona previamente infectada son la forma principal de transmisión del VIH (Way, Schwartlander, Piot, 1999). Desde el descubrimiento del virus se ha insistido en que el coito rectal homosexual o heterosexual es la conducta de mayor riesgo y que en el caso del coito vaginal, el virus se transmite más fácilmente si el infectado es el hombre. Igualmente consideran los investigadores que variables como el número de parejas sexuales, la frecuencia con que se tiene actividad sexual con nuevas parejas sexuales y la concurrencia de parejas sexuales aumentan de manera importante las probabilidades de transmisión (O’Reilly, Islam, Sittitrai 1999).

La epidemia de SIDA en Norteamérica se identificó inicialmente entre hombres homosexuales que consumían drogas recreacionales. Para el 2003 se calcula que en Estados Unidos y Canadá, “una tercera parte de las nuevas infecciones se produce por contacto heterosexual” mientras que un 25% se presentan como consecuencia del consumo de drogas intravenosas en el que se comparten jeringas infectadas. (ONUSIDA, 2003). En África, por el contrario, la epidemia se definió desde un comienzo como de transmisión heterosexual y en el 2002 la Organización Mundial de la Salud estimó que el 99% de los casos de HIV/AIDS en este continente son de transmisión sexual. Sin embargo, esta aseveración ha comenzado a ser refutada al encontrarse que no existen estudios que sustenten con rigor estos cálculos y que se han subestimado posibles medios de transmisión tales como el uso de jeringas y otros instrumentos y equipos médicos sin cumplir con normas básicas de bioseguridad debido al continuo deterioro y las pésimas condiciones en que se prestan los servicios de salud (Gisselquist et al, 2003).

Un estudio de Gisselquist y Potterat (2003) calcula que en África únicamente se podrían atribuir a transmisión sexual entre el 25% y el 29% de los casos de hombres con VIH y entre el 30% y el 35% de los casos de mujeres. El mismo equipo de investigadores señala como posibles razones para no haber tenido en cuenta la evidencia de factores distintos a la transmisión heterosexual: los prejuicios sobre la presunta promiscuidad de los africanos, el hecho de querer reforzar los programas preexistentes de uso de contraceptivos para disminuir el crecimiento de la población, al igual que la intención de mostrar que la epidemia no se limitaba únicamente a hombres homosexuales y a personas que usan drogas intravenosas.

Los programas de prevención cuyo objetivo es promover únicamente la abstinencia predominan actualmente en la educación sexual que se ofrece a los jóvenes en Estados Unidos sin que se haya podido demostrar definitivamente su eficacia. Una evaluación sistemática de estos programas realizada por Douglas Kirby (2000:87) concluyó que: “El peso de la evidencia indica que los programas que promueven la abstinencia no aplazan el inicio de las relaciones sexuales”. Una de las observaciones clínicas que con frecuencia sorprende al personal de salud en el caso de parejas en las cuales sólo una de las personas es VIH positiva y que están informadas de la situación es constatar que el temor a la infección no conduce necesariamente a la suspensión de las relaciones sexuales. Más sorprendente aún es el encontrar, que en una especie de juego a la ruleta rusa, algunos grupos practican intencionalmente actividades sexuales sin protección con una altísima probabilidad de infectarse; tal es el caso del fenómeno conocido como “barebacking” el cual consiste en la práctica del coito rectal homosexual sin usar un condón y con parejas HIV positivas o de status desconocido

Dos mil años de promoción en la cultura occidental de la abstinencia sexual y la monogamia estricta en el matrimonio han probado ser infructuosos. En las sociedades de mercado contemporáneas ese fracaso obedece no únicamente a que la pretensión de universalizar la abstinencia desconoce la necesidad humana del placer y la intimidad únicos que caracterizan al erotismo sino porque, al estar las expresiones de la sexualidad determinadas por las contradicciones de la vida social, la sociedad de corte neoliberal crea las condiciones para que se masifiquen y extiendan viejas y nuevas formas de prostitución, se comercialicen todas las expresiones de la sexualidad y se generen culturas y estilos de vida que giran en torno a la experimentación sexual.

A manera de ejemplo, los estudios que buscan explicar el barebacking han encontrado que subyacente a este fenómeno, además de la satisfacción emocional y la gratificación erótica, se encuentran razones de índole sociológica relacionadas con lo que ahora se denomina “mercadeo de la salud” tales como la percepción resultante del intenso mercadeo de los medicamentos antiretrovirales insistiendo en que el SIDA ya no es mortal y la fatiga causada por la continuidad y agresividad de los mensajes publicitarios de las casas productoras de condones. La explotación comercial de sitios en Internet para encontrar parejas sexuales, el incremento en el número de clubes y otros negocios que ofrecen el sitio y la oportunidad para actividad sexual en el anonimato y la omnipresencia del consumo de todo tipo de drogas “recreacionales” son otros factores de la actual sociedad de mercado que hacen posible el barebacking (Halkitis, Parsons y Wilton, 2003).

¿Cuál es entonces la razón para que el gobierno de Estados Unidos se empeñe en una campaña para imponer una moral sexual represiva cuando su política económica lleva al incremento acelerado de todas las formas de prostitución y a la comercialización de todas las expresiones y aspectos de la sexualidad? La respuesta debe buscarse en el terreno ideológico y político. El control de algo tan íntimo como lo es la vida sexual de un individuo opera como una forma de control general del comportamiento general del individuo y el control social de la vida sexual de una comunidad facilita el control del comportamiento general de esa comunidad.

Los primeros siglos de la historia del pueblo cristiano fueron siglos de resistencia a las feroces persecuciones del Imperio Romano incluida la más cruel de todas, la del emperador Diocleciano. Los cristianos al igual que otras sociedades patriarcales de la antigüedad no obstante discriminar a la mujer y condenar la homosexualidad, “aceptaban con naturalidad la búsqueda del placer sexual”. La moral sexual que preconiza la abstinencia hasta el matrimonio y entre esposos únicamente los coitos indispensables para reproducirse fue establecida por San Agustín justamente en el momento histórico en que los romanos necesitaban someter de una vez por todas a los cristianos y concentrar su poder en enfrentar la amenaza de los bárbaros. Es en este contexto que en una historia poco conocida pero bien documentada, el obispo Agustín decidió reinterpretar el Libro del Génesis y afirmar que el pecado de Adán en el paraíso no sólo corrompió nuestra sexualidad sino que “nos hizo incapaces de genuina libertad política” (Pagels, 1988). El imperio, que con Constantino había entendido la importancia de una religión única en la consolidación del Estado, supo entonces combinar las campañas militares con la promoción de la nueva doctrina de sometimiento y abstinencia sexual. El resultado: pronto los cristianos fueron finalmente conquistados y sus creencias convertidas en la religión oficial del imperio.

 


Conclusiones

El neoliberalismo expresa los intereses del gran capital concentrado en las gigantescas corporaciones monopolistas; basado en el pensamiento de la economía neoclásica propone que el Estado sea cada vez más “pequeño y avaro” y se empeña por tanto en eliminar los servicios públicos, los trabajadores al servicio del Estado y los programas estatales de vivienda, educación, nutrición y salud. La globalización bajo principios neoliberales se ha venido promoviendo por los gobiernos de Washington y sus aliados mas cercanos en las últimas décadas y se ha implementado a través principalmente de las agencias internacionales bajo su control como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que imponen a las naciones del mundo políticas económicas de “libre comercio” como supuesto remedio universal para todos los problemas sociales.

La ideología neoliberal encontró su perfecta aplicación en los Programas de Ajuste Estructural del Banco Mundial y el Fondo monetario que han devastado a Latinoamérica, África, Asia y el Caribe durante los últimos 20 años. Caracterizados por el impulso a las privatizaciones, la austeridad fiscal, la desregulación, la liberación del mercado y el recorte del Estado, estos programas han incrementado y globalizado la pobreza, la migración, el desempleo y los contratos temporales de trabajo y han producido una polarización extrema del ingreso y de las condiciones de vida en todo el mundo en beneficio exclusivo del gran capital.

El SIDA se incubó y se ha propagado en ese ecosistema de inequidad social y será imposible prevenirlo y combatirlo con efectividad sin apuntar a cambiar las condiciones que generan la pandemia y favorecen su continua expansión por el mundo entero. Las iniciativas contra el SIDA que han comenzado a poner en marcha la administración Bush, y el Banco Mundial se inscriben dentro de la estrategia de globalización neoliberal del gobierno de Estados Unidos; ésta estrategia orienta también los proyectos de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud. Todos estos planes consisten básicamente en crear Fondos a través de los cuales canalizar los dineros donados por los gobiernos de los países desarrollados y las organizaciones filantrópicas de las grandes corporaciones a manera de ayuda humanitaria, dineros que se utilizarán principalmente en la compra y distribución de medicamentos antiretrovirales y en programas de prevención del SIDA que inculcan la abstinencia sexual. Los programas contra el SIDA de esta naturaleza servirán también para reforzar la implementación de políticas neoliberales en los países a los que se les ofrezca la “ayuda”.

Una propuesta alternativa para enfrentar con probabilidades de éxito la pandemia del SIDA debería incluir los siguientes puntos fundamentales:

1. Defender el trabajo y la producción para de esta manera propender por el desarrollo económico independiente de las naciones y garantizar su seguridad alimentaria y con ella una adecuada nutrición de la población. Una población con cuadros severos de desnutrición es una población que es fácil presa de las enfermedades que caracterizan el SIDA.
2. Detener y revertir las privatizaciones, en particular las que han eliminado los servicios públicos y los Sistemas de Salud para que el Estado pueda cumplir con su responsabilidad de brindar servicios y atención a los afectados. “Controlar la epidemia de VIH requiere inversión en larga escala en la infraestructura de la salud publica de los países con pobres recursos al igual que acciones para enfrentar la pobreza y la deuda externa” (Mukjerjee et al, 2003).
3. Permitir la producción de medicinas genéricas eliminando los monopolios de las patentes que, con la excusa de respeto a la propiedad intelectual, la Organización Mundial del Comercio le ha concedido a las transnacionales de los fármacos (TRIPS) . “En lugar de abandonarlos como triviales bienes de consumo en una economía global de libre mercado, los medicamentos esenciales merecen un status especial de acuerdo con su rol crucial en el bienestar global” (Trouiller et al. 2001).
4. Hay suficiente evidencia científica para afirmar que la adición a drogas recreacionales está directamente asociado con el SIDA bien por que sea su consumo un medio de transmisión como en el caso de las drogas que se inyectan, bien porque su consumo continuo produzca cuadros clínicos de inmunodepresión o contribuya al deterioro del organismo provocado por el SIDA, bien porque hace parte de la cultura de la pobreza. Por lo tanto, la prevención y el tratamiento del abuso de este tipo de drogas debe ser parte integral de la prevención y tratamiento del SIDA (Amaro et al 2001).
5. Garantizar el necesario debate científico sobre las causas del SIDA, su prevención y tratamiento. El reclamo de Duesberg y sus colegas acerca de que sus hipótesis no han sido refutadas empíricamente y que por lo tanto, en beneficio de los pacientes, deberían ponerse a prueba con estudios debidamente controlados merece ser tenido en cuenta seriamente por la comunidad científica.
6. La investigación no puede estar limitada a los intereses comerciales de unas cuantas compañías que invierten muchísimo más dinero en publicidad de los pocos productos que le son inmensamente rentables que en investigación básica para desarrollar los medicamentos que se necesitan.
7. Los pacientes que lo requieran, incluidos por supuesto los de los países pobres que son la inmensa mayoría, deben tener acceso a los medicamentos mas avanzados. Sin embargo, como lo indican los mismos defensores de la terapia antiretroviral: la severa toxicidad de estos agentes farmacológicos es un factor fundamental a considerar en el momento de prescribir su uso. “El manejo del VIH es complejo. Aunque los beneficios han sido notorios, la población de personas tratadas esta acumulando resistencia a las drogas y toxicidades debidas al tratamiento (Volberding, 2003).
8. La resistencia a la discriminación y el estigma de las personas y comunidades afectadas por la epidemia debe hacer parte integral de los llamados y acciones orientadas al cambio social. Es necesario combatir la discriminación y el estigma de las personas con VIH/SIDA pues dicho estigma “alimenta, refuerza y reproduce las desigualdades existentes de clase social, raza, genero y sexualidad” (Parker, Agleton, 2003)
9. Los programas de prevención deben basarse en el conocimiento científico sobre la epidemia del SIDA y no en prejuicios sobre la sexualidad o el comportamiento de las personas que sirven intereses recolonizadores. Como lo expresara la norteamericana Lorraine Cogan quien ha educado profesionales de la salud en 11 países africanos en temas sobre el SIDA, al conocerse que la tercera parte de los dineros de la iniciativa Bush para la prevención se invertirán en programas que imponen la abstinencia sexual:

“No es apropiado que los Estados Unidos establezcan los estándares que gobiernen la vida del mundo entero. ¿No debe acaso cada país, cultura o sociedad tener sus propios estándares, reglas, normas, tabúes y estilos de vida? (Cogan, 2003 p. 41A).

En suma, tras 20 años de epidemia en que se abandonó la cuantificación y el análisis sistemático de la relación existente entre pobreza - modelos económicos -epidemia del SIDA, empieza a contarse con estudios empíricos que demuestran que la incidencia del SIDA se incrementa con la deprivación económica, (Zierler et al, 2000) y que para disminuir la prevalencia del SIDA es esencial expandir y fortalecer los sistemas de salud publica (Smith Fawzi et al, 2003). Es por esta razón que como lo planteara Paul Farmer (2001) en su informe ante una comisión del senado norteamericano: la lucha contra el SIDA es la lucha contra la pobreza. Y dado que la pobreza en el mundo contemporáneo es de origen neoliberal, la derrota del SIDA no será posible sin la derrota del modelo neoliberal.


Referencias


Amaro, H; Raj, A; Vega, RR; Mngione TW; Norville Perez, L. 2001. Racial/Ethnic
disparities in the HIV and substance abuse epidemics: communities responding to the need. Public Health Reports. September-October 2001. Vol. 116. pp.434-448.

Berger, A; Drosten, Ch; Doerr, HW; Stürmer, M; Preiser, W. 2004. Severe acute
respiratory syndrome (SARS)—paradigm of an emerging viral infection. Journal of Clinical Virology 29 (2004) 13–22

Diaz, R; Ayala, G; Bein, E; Henne, J; Marin, B. (2001). The impact of Homophobia, poverty, and racism on the mental health of gay and bisexual latino men : findings from 3 US cities. American Journal of Public Health, Vol. 91 (6), June 2001, pp 927-932.

Duesberg P, Koehnlein C, and D. Rasnick. 2003. “The chemical bases of the various AIDS epidemics: recreational drugs, anti-viral chemotherapy and malnutrition.” Journal of Bioscience Jun; 28 (4): 383-412.
Eltiempo.com/salud. Noviembre 25 de 2003 “Número de afectados en Colombia es alarmante: para el 2010 el 1,6 de los colombianos tendría SIDA”
Farmer, Paul. 1992. AIDS and Accusation: Haiti and the Geography of Blame. (Comparative Studies of Health Systems and Medical Care, No 33) Berkeley: University of California Press.

Farmer, P. 1996. Social inequalities and emerging infectious diseases. Emerging Infectious Diseases. Vol. 2, No 4 October-December 1996. pp.259-269

Farmer, P. 2001. Infections and inequalities: the microbial burden of poverty. A Report presented to the House Subcommittee on Biomedical Research, United States Congress on 26 September 2001.

Grmek, Mirko. 1990. History of AIDS. Emergence and origin of a modern pandemic. Translated by Russell Maulitz and Jacalyn Duffin. New Jersey: Princenton University Press.

Gisselquist, D., Potterat, JJ. 2003. Heterosexual transmission of HIV in Africa: an empiric estimate. International Journal of STD & AIDS. 2003; 14: 162-173.

Gisselquist, D., Potterat, JJ, Brody, S., Vachon, F. 2003. Let it be sexual: how health care transmission of Africa was ignored. International Journal of STD & AIDS. 2003; 14:148-161.

Halkitis, PN; Parsons, JT; Wilton, L. 2003. Barebacking among gay and bisexual men in New York City: Explanations for the emergence of intentional unsafe behavior. Archives of Sexual Behavior, Vol. 32, No 4, August 2003, pp331-357.

Hertzman, C. 2001. “Health and Human Society.” American Scientist 89 (6) November-December 2001.

HRSA Press Office, 2003. "HHS Awards $1 Billion to Help States Provide Health Care, Services and Prescription Drugs for People with HIV/AIDS." Washington D.C., April 10.

Heubeck, Elizabeth, 2003. ADAP in Peril. NUMEDX.com Volume 5 No 1. pp 28-33. Spring – Summer 2003.

Kirby, D. 2000. “School-Based Interventions to Prevent Unprotected Sex and HIV Among Adolescents.” In Peterson, JL. And DiClemente, RJ. (Eds.) Handbook of HIV Prevention. New York: Kluwer Academic/Plenum Publishers.

Krieger, N. 2003. Latin American Social Medicine: the quest for social justice and public health. American Journal of Public Health. December 2003, Vol 93, No 12. pp. 1989-1991.

Krieger N. 2001a Theories for social epidemiology in the 21st century: an ecosocial perspective. Int J Epidemiol. 2001 Aug;30(4):668-77

Krieger, N. 2001b. Historical roots of social epidemiology: socioeconomic gradients in health and contextual analysis. International Journal of Epidemiology. 2001;30:899-990.

Mckeown, T. 1979. The Role of Medicine: Dream, Mirage or Nemesis. 2nd. edition. Princeton, N.J.: Princeton University Press.

Mukjerjee, JS; Farmer, PE; Niyizonkiza, D; McCorkle, L; Vanderwarker, C; Texeira, P; Kim JY. 2003. Tackling HIV in resource poor countries. BMJ Volume 327 8 November 2003. pp 1104-1106

Naiman, R.; Watkins, N. 1999. A survey of the impacts of IFM Structural Adjustment in Africa: growth, social spending, and debt relief. Center for Economic and policy Research. Washington, DC. April 19, 1999.

NPR 2003. National Public Radio. Profile: Malnutrition accelerating AIDS epidemic in Zimbabwe, February, 19, 2003.

OMS; ONUSIDA 2003a. Situación de la epidemia de SIDA. Diciembre de 2003.

OMS; ONUSIDA. 2003b. Tratar a tres millones de personas para 2005: como hacerlo realidad. La estrategia de la OMS

O’Reilly, KR; Islam, M; Sittitrai, W. 1999. Sexual behavior and behavioral interventions in the developing world. En: Holmes, kk; Mardh, P; Sparling PF; Lemon, SM; Stamm, WE; Piot P;Wasserheit JN. (EDs). Sexually Transmitted Diseases. Third Edition. New York: McGraw-Hill. Pp. 1421-1429.

Pagels, E. (1988). Adam, Eve, and the Serpent. New York: Vintage books.

Parker, R; Agleton, P. 2003. HIV and AIDS-Related stigma and discrimination: a conceptual framework and implications for action. Social Science & Medicine. 2003, 57, 1, July, 13-24.

Ramphele, M. 2003. HIV/AIDS: Converting adversity into opportunity. Maseru, Lesoto. July 1, 2003.

Roe, D. 1973. A Plague of Corn: The Social History of Pellagra. Ithaca: Cornell University Press.

Singer, Merrill. 1998. “Forging a Political Economy of AIDS.” In The Political Economy of AIDS, Singer, M. (ed). NY: Baywood Publishing. pp. 3-31.

Smith Fawzi, MC et al. 2003. Prevalence and risk factors of STDs in rural Haiti: implications for policing and programming in resource-poor settings. International Journal of STD & AIDS 2003; 14: 848-853.

The Durban Declaration 2000. The Durban Declaration; Nature (London) 406 pp.15-16

Trouiller, P. et al. 2001. Drugs for neglected diseases: a failure of the market and a public health failure? Tropical medicine and International Health. Volume 6 No 11 pp 945-951 November 2001
VandeHei J. 2003. “Drug Firms Boost Bush's AIDS Plan: GOP Lobbying for Support of Africa Initiative” Washington Post, May 1: P. A25.
Velasquez, G. (2003). Unhealthy Profits. Drugs should be a common good. Le Monde Diplomatique. July 2003.
Velasquez G & Boulet P (1999) Globalization and Access to Drugs. Perspectives on the WTO/Trips Agreement. WHO/DAP/98.9. World Health Organization, Geneva.
Volberding, Paul. 2003. HIV therapy in 2003: consensus and controversy. AIDS 2003, 17 (suppl 1): S4-S11
Way, PO; Schwartlander, B; Piot, P. 1999. The global epidemiology of HIV and AIDS. En: Holmes, kk; Mardh, P; Sparling PF; Lemon, SM; Stamm, WE; Piot P; Wasserheit JN. (EDs). Sexually Transmitted Diseases. Third Edition. New York: McGraw-Hill. pp. 77-91.

Weimberg, MS; Worth, H; Williams, C. 2001. Men sex workers and other men who have sex with men: How do their HIV risks compare in New Zeland? Archives of Sexual Behavior, Vol.30, No 3, 2001. pp. 273-286

World Bank. 2003. HIV/AIDS at a glance. Lessons learned. Accessed on September 26, 2003

Zierler, S; Krieger, N; Tang, Y; Coady, W; Siegfried E; DeMaria, A; y Auerbach, J. 2000. Economic Deprivation and AIDS Incidence in Massachussets. American Journal of Public Health. July 2000, Vol. 90, No 7, pp.1064-1073.

(*)Revista Deslinde, Colombia No 35. In Press

 


Sexta Edición - Mayo de 2004