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Sangre y devastación:

Los resultados más tangibles de la lucha contra los cultivos ilícitos

Fernando Franco
Profesor asociado Sede Leticia Bogotá
3 de mayo de 2004

 

El título de un informe reciente de la Junta Internacional para la Fiscalización de Espupefacientes –JIFE- dice: Europa: primer productor mundial de drogas: “Europa sigue estando a la cabeza de la fabricación ilícita de drogas sintéticas. Bélgica y los Países Bajos son los principales fabricantes de la MDMA (Éxtasis) y las drogas conexas para distribución mundial” (Página 42 Informe 2003). Esta producción en masa se logra con las materias primas provenientes principalmente de la heterodoxa China socialista y países del sudeste asiático. Estados Unidos y México producen entre 106 y 144 toneladas de Metanafetaminas para 1.3 millones de consumidores en Norteamérica según el informe citado. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido descertificar o sancionar a esos países, no obstante la vertiginosa tasa de crecimiento del consumo de estas sustancias sicoactivas en todo el mundo. Esto contrasta en materia grave con el estigma de país coquero o narcodemocracia que pesa sobre Colombia y sus habitantes en los últimos lustros por su condición de país productor de cocaína.

El informe comentado destaca la contundente reducción del número de hectáreas sembradas de coca en Colombia, la cual se redujo en un 58% entre los años 2000 y 2003, cuando alcanzó 69.000 hectáreas frente a 164.000 del primer año; todo ello como resultado de los programas de erradicación forzosa con glifosato, de erradicación manual y de las campañas militares derivadas de la políticas del Plan Colombia y de seguridad democrática que de manera inflexible asocian el conflicto armado con el de drogas en todo el territorio colombiano sin mayores consideraciones de las razones sociales y económicas del fenómeno para segmentos amplios de población campesina e indígena pobre del país.

Advierte el mismo informe que el área sembrada se mantiene estable en Perú pero que hay aumento en Bolivia a pesar de los programas de erradicación y se perciben cultivos en Ecuador, Brasil y Venezuela. En cuanto a los volúmenes netos que fluyen al mercado afirma que “se mantiene estable en 800 tonedadas anuales”. Si a esta cifra se agrega la interdicción o captura de un 25% de la oferta, tendríamos una producción total de unas 1.070 toneladas. La contradicción aparente entre la reducción en el área sembrada y la estabilidad de la oferta, confirmada por la estabilidad de los precios al productor y al consumidor lleva de manera lógica a considerar que el asunto no es cuántas hectáreas hay sembradas de coca y cuántas se erradican, sino cuántas toneladas de cocaína fluyen efectivamente a los mercados, sin importar la región o país de procedencia.

Por qué ocurre esto?. Por razones como estas: el área sembrada en coca es siempre mayor que la necesaria para satisfacer las necesidades del mercado; hay una productividad creciente de los cultivos y reducción de costos de producción; la producción y tráfico se adaptan de manera ágil a las condiciones que les impone la interdicción. La producción de hoja de coca cuenta con la enorme cuenca amazónica y otros bosques tropicales como territorios de expansión; en las áreas más dinámicas de producción y tráfico la presencia del estado es frágil y la acción de los grupos armados ilegales es muy fuerte. Además, solo una parte de las hectáreas fumigadas se pueden considerar como erradicadas.

Estas realidades le permiten a la economía de la coca en su ciclo de producción, transformación, distribución y consumo articularse de manera perfecta a las condiciones dominantes de mercados abiertos y de globalización de las relaciones económicas y políticas entre los países. La economía coquera es un blanco móvil que se adapta de manera permanente a las condiciones que le imponen el mercado y las políticas nacionales e internacionales de control de drogas. La producción y tráfico de drogas, al igual que el capital que crea, no reconoce fronteras y su rentabilidad, profundamente asociada a su ilegalidad y a los niveles de represión, doblega los más estrictos principios éticos y jurídicos en los países productores y consumidores. Una nación tan poderosa y con tamaños recursos económicos y tecnológicos como Estados Unidos los que le permite detectar y repeler un ataque nuclear en cuestión de segundos, retiene en sus fronteras apenas una fracción del enorme volumen de drogas que ingresa a su territorio.

La economía de las drogas está asociada con otras actividades que garantizan la reproducción ampliada del capital que genera y que nutre sectores económicos, productivos, sociales, políticos y de la administración pública de gran relevancia en todos los países del planeta: lavado de activos, tráfico de armas, de precursores químicos, de influencias, contrabando, corrupción pública y privada, evasión de impuestos y organizaciones delictivas para el tráfico de personas –trabajadores ilegales, prostitución- ente los más ostensibles.

Vistos los magros resultados de las políticas nacionales de los países andinos de reducción de la oferta de clorhidrato de cocaína, no obstante la reducción del área sembrada, y los decepcionantes cifras de reducción del consumo en los países desarrollados, a pesar de los enormes recursos aplicados a su prevención y penalización, cabría preguntarse si no vale la pena plantearle al gobierno del presidente Uribe y su política de seguridad democrática en materia de drogas y a la sociedad colombiana, un alto en el camino para mirar si el horrendo costo en vidas humanas, en la devastación de extensas zonas selváticas, en la degradación humana y social y en los enormes recursos fiscales dedicados a esta guerra sin fin, compensan los resultados netos hasta ahora alcanzados en la lucha contra el fenómeno de drogas en Colombia.

Es equitativo que la sociedad colombiana inunde con su sangre y su miseria la geografía nacional en nombre de la lucha mundial contra las drogas, mientras los países consumidores, pero a la vez los mayores productores de drogas sintéticas, fiscalizan desde sus organismos de control, apoyados en imágenes de satélite, sin correr ningún riesgo, los resultados de estas políticas nacionales de tierra arrasada?.
Será que es menos dañino el Éxtasis que la cocaína?. O, no será que la demanda creciente por las drogas sintéticas opacará la demanda de aquellas de origen vegetal provenientes de los países pobres, sin que las grandes ganancias que generan tengan que ser compartidas con los productores y comerciantes de esas naciones del tercer mundo?.


Septima Edición - Junio de 2004